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PASEO
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Antonio Extremera Oliván
Historiador y teólogo

Como en todas las ciudades del Antiguo Régimen, el ámbito religioso de Baeza no sólo se limita a los lugares consagrados a esta actividad, como templos y ermitas, sino que traspasa los muros de estos recintos y alcanza toda la estructura urbana convirtiendo la ciudad en una proyección de los mismos. Este afán de la población por sacralizar el espacio común pone de manifiesto un uso práctico de la imagen religiosa para evitar la acumulación de inmundicias en determinados lugares y que a la postre se convertían en focos de infección. Además de este fin, la imagen suponía la exteriorización de una devoción particular por el deseo de sus moradores de sentirse protegidos ante la eventual llegada del mal, fuera éste natural, social o incluso personal. Este uso de lo sagrado que hacía el hombre del Antiguo Régimen se debe a que, en su mentalidad, lo sagrado no sólo genera un sentimiento de temor por lo desconocido y el poder que se le atribuye, sino que es entendido también como escudo protector ante las desgracias aportando al hombre seguridad y tranquilidad. De este modo la imagen religiosa adopta un uso fetichista de protección de la ciudad y sus habitantes frente a los desastres naturales, las epidemias y todos los demás males que aquejaban a la sociedad y que en definitiva eran vistos como obras del demonio.
Gracias a la presencia de su universidad, Baeza contaba con doce parroquias y diecisiete conventos diseminados por toda la ciudad. A estos veintiocho templos habría que sumar las capillas pertenecientes a la universidad y los hospitales que en ella existían así como las ermitas que se distribuían en sus alrededores. De este modo tenemos que la presencia de cruces y hornacinas no responden a una escasez de espacio sagrado sino al deseo de los habitantes de sentirse protegidos frente al miedo que produce el mal. Así pues, la presencia de la imagen religiosa en el espacio urbano aportaba al hombre un factor de seguridad frente a la esfera de lo desconocido, ante los elementos que escapaban a su poder y que podían poner en peligro o dificultar su propia existencia.
La sacralización de estos espacios se hacían de diferentes formas que van desde las pétreas cruces en las proximidades de la ciudad y lugares frecuentados, las hornacinas o altares callejeros con imágenes en el entramado urbano y los símbolos cristianos que eran colocados sobre el dintel de la puerta de ingreso en las casas. Estas manifestaciones públicas y constantes tenían como finalidad el hacer omnipresente en la vida diaria de sus ciudadanos el aspecto religioso, manteniendo de este modo el valor de la imagen religiosa como preservativo contra las desgracias tanto personales como colectivas.


LAS CRUCES


Una de las formas de sacralizar el espacio urbano se realizaba mediante la colocación de cruces. Estas suelen ser de piedra y elevadas sobre una base de más o menos altura. En otras ocasiones es una sencilla cruz de forja que corona una pétrea columna. Estos monumentos estuvieron bastante extendidos por toda nuestra geografía ya que su finalidad, aun cuando se justifica como medida práctica contra los vertederos que se formaban en determinados lugares, era la de proteger a la población de la entrada de males en ella. Esta práctica de levantar cruces tuvo gran auge en Baeza, en donde según la visión servida por Ximénez Patón existían "humilladeros sin número, Cruces por la Ciudad, que no se pueden contar" . El jesuita Francisco de Torres afirma que la costumbre de levantar cruces en los lugares públicos nació en Baeza, de donde "se pegó la devoción a otros lugares de la comarca, y todos con emulación devota dedicaron y consagraron a Dios Nuestro Señor muchas y hermosas cruces a imitación de las de Baeza" .
A pesar de centrar este trabajo sobre el aspecto exorcizador que poseía la imagen religiosa en la sociedad del Antiguo Régimen, hay que tener en cuenta que estos monumentos cruciformes, al igual que las demás imágenes religiosas del entramado urbano, cumplían una función de higiene en la ciudad, evitando la proliferación de muladares en determinados lugares por el respeto que infundían a los habitantes, los cuales dejaban de verter escombros e inmundicias en sus proximidades .
Un buen número de las cruces que jalonaban Baeza poseían una ubicación periférica al casco urbano, constituyendo de este modo su primer cinturón defensivo. Entre ellas se podría distinguir entre las que se encontraban en relación inmediata a los caminos que llegaban a la ciudad y las que estaban situaban en lugares frecuentados por la población. En ocasiones es difícil distinguir entre unas y otras, debiéndose aplicar a algunas de ellas el doble significado que a éstas les damos.
Estas cruces que rodeaban la ciudad coincidiendo con sus principales caminos, además de la función descrita de exorcizar el mal, hacía que sus moradores impetrasen el auxilio divino al ponerse en marcha hacia sus quehaceres agrícolas o de algún viaje y a la vuelta de los mismos. La relación de estos monumentos con los caminos para el alejamiento del mal era debida al considerarse estas vías como el lugar idóneo por el que se desplazaban y transmitían entre poblaciones. De este modo tenemos un primer cinturón conformado por las cruces de Baqueta, la Cruz Blanca o la conocida como Cruz del Jabonero aunque sin duda existieron otras cuyo recuerdo se ha perdido con el devenir del tiempo.
Tras este primer grupo y conforme nos acercábamos a la ciudad, existía otro grupo de cruces, extramuros todavía a la misma, para las que hay que buscar su relación con lugares frecuentados por la población y cuyo fin era mantener presente en la memoria el sacrificio de Cristo en la cruz. Este segundo grupo de cruces se encontraban en el Ejido y en la actual plaza de la Leña. El Ejido era un lugar eminentemente agrícola dedicado al pasto de animales y eras de emparvar, existiendo varias cruces y otros monumentos religiosos en él. Este espacio llamaba poderosamente la atención de cuantos viajeros pasaban por Baeza. Ximenes Patón afirma que "un exido tiene maravilloso esta Ciudad muy largo y ancho. No hay cosa que pueda competir con él en España sino es el campo de Valladolid" . Igual similitud realizará siglo y medio después Antonio Ponz al decir que "al salir de Baeza se deja a la derecha el Ejido, que es un espacio al modo del Campo grande de Valladolid, donde hay algunos edificios que son parte de la población" .
La primera de las cruces se encontraba en el conocido como Ejido alto, frente a la iglesia y seminario jesuítico de San Ignacio, desde el que se dominaba todo este espacio agrícola, ocupando el lugar elegido según la tradición por San Vicente Ferrer para hacer sus prédicas durante su desafortunada visita a Baeza. Esta cruz fue levantada por los padres jesuitas, siendo consagrada por el padre Francisco de Vilches a san Tesifón, discípulo de Santiago y uno de los siete varones apostólicos que según la tradición fueron enviados por san Pedro para predicar en el sur de España. Este monumento se conserva parcialmente en la encrucijada de los caminos del Cementerio y de la Tenienta, en donde en su base puede leerse medianamente la inscripción de dedicación al legendario obispo. En su parte posterior tiene inscrita la fecha de construcción: 1641.
Junto a la vecina ermita de Santa Quiteria levantó el padre Alonso Gómez de Nogarales, rector del seminario jesuita, una cruz dedicada al Ángel de la Guarda, san Ildefonso y al rey san Fernando, y de cuya existencia tan sólo tenemos noticias escritas. La construcción de esta segunda insignia por parte del rector de San Ignacio tuvo como fin el evitar un estercolero que existía entre el convento jesuítico y la mencionada ermita, por lo que el cabildo, queriendo contribuir a la eliminación de este insalubre foco, impuso una multa de mil maravedíes a quien vertiera inmundicias en este lugar .
La siguiente cruz se encontraba en la parte central de este lugar, en donde hoy se encuentra el parque conocido como el Vivero. Esta cruz fue destruida a mediados de los años 90 del siglo XX, quedando en la actualidad tan sólo el pedestal sobre el que se alzaba. La tercera de las cruces del ejido era la conocida como Cruz Blanca y que se conserva desplazada de su lugar original, siendo conocida en la actualidad como la Cruz de los Granadillos y que coincidía con la salida de este amplio espacio hacia Ibros.
Otra cruz relacionada con un lugar público era la que se encontraba en la plaza de la Leña y que fue colocada en 1611 por los jesuitas del cercano colegio de Santiago "sobre la fuente del Cañuelo, no perdonando gastos, por ser costosa y hermosa". La presencia del monumento hizo que por orden del Cabildo y "a voz de pregonero, se mandase que no se llamase la plaza de la Leña, sino de La Cruz, y a los escribanos, en las escrituras, y actos públicos así la llamasen" . La colocación de esta cruz en este céntrico lugar tuvo consecuencias inmediatas sobre la limpieza del mismo ya que en ella se acumulaban las inmundicias que los vecinos arrojaban, por lo que "no se podía pasar de la Plazuela al Mercado". Este monumento tuvo gran incidencia entre los vecinos debido a que en esta plaza, junto a la colindante denominada del Mercado, era el centro comercial de la Baeza del Antiguo Régimen. En este espacio se vendía la leña y tenían su sede la mayor parte de los escribanos que ejercían en la ciudad. Asimismo, era este céntrico espacio donde se realizaba el mercado diario y la feria anual de Baeza, apostándose además entre sus soportales otras actividades relacionadas con la industria y el comercio de la ciudad . Actualmente el mencionado monumento se encuentra en el segundo patio del cementerio de la ciudad, siendo una esbelta cruz elevada sobre un podio en donde se encuentra esculpido el año, 1611, junto con el anagrama utilizado como distintivo de la Compañía de Jesús .
A imitación de este monumento, "la Congregación de los Estudiantes costeó la Santa Cruz que está delante de la iglesia del Colegio de Santiago" , poco más arriba de la mencionada plaza de la Leña, y de la que no se ha conservado ningún vestigio. Al igual que en este caso, tampoco quedan restos de la cruz levantada por el corregidor Antonio de Herrera en la plaza conocida actualmente como General Samaniego y que se encuadra dentro del ordenamiento que el citado corregidor realizó de este céntrico espacio con el objetivo de adecentar y evitar los escombros que en él se amontonaban .
Actualmente se conservan dos monumentos coronados con cruces en otras tantas plazas de la ciudad cuya ubicación está relacionada con la existencia de edificios cercanos que las justifican, dando nombre a sus respectivos espacios. Me refiero a las existentes en las plazas de la Cruz Verde y de Santa Cruz. La primera en la plazuela donde se encontraba la sede de la Inquisición, de donde proviene el color de la misma, y la segunda en la plaza a las espaldas de la iglesia de Santa Cruz. En ambos casos se trata de una cruz de escasas dimensiones, de madera en el primer caso y de forja en el segundo, sobre una columna de piedra elevada sobre un pequeño graderío.
La ubicación y finalidad de estos monumentos responde a la superstición de las gentes de sentirse protegidos a la vista de estos monumentos. Este aprecio fetichista que poseía la imagen de la cruz para el hombre del Antiguo Régimen tiene su base bíblica en el episodio narrado en el Levítico (21, 6-9) en el que afirma que para castigar Dios a los israelitas en el desierto les mandó serpientes venenosas. Arrepentido el pueblo por las muertes que ocasionaban las mordeduras, ordenó Dios a Moisés que fabricara una serpiente de bronce y la colocara sobre un mástil de modo que cuando una persona era mordida por las serpientes, miraba a la realizada en bronce por Moisés y quedaba sanado. Este suceso fue retomado por el evangelista San Juan (3, 14-15) al afirmar que "como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna", haciendo clara referencia a Cristo elevado sobre la cruz. De este forma se justifica bíblicamente la protección que ofrece la imagen religiosa, especialmente la cruz, en el espacio público de la ciudad aunque con una alta carga fetichista que nos aleja del sentido bíblico. De igual manera, con estos testigos religiosos esparcidos por la ciudad, se hacía realidad el deseo del estamento eclesiástico de mantener presente la influencia religiosa en todos los momentos de la vida cotidiana de la población, siendo entendidas como "señales ciertas de la gran religión y santidad de esta ciudad" .


LOS ALTARES CALLEJEROS


Más definidores de la devoción propia de los lugareños son los altares callejeros que moteaban las calles baezanas en su mayor número intramuros y que en algunos casos han llegado hasta nuestros días, perdiéndose otros muchos incluso la memoria sobre los mismos.
Es significativo que las hornacinas de las que hemos tenido conocimiento cobijaran en su mayoría advocaciones marianas. Este hecho podría interpretarse como la extensión del culto de María como protectora de todos los males y en definitiva contra el demonio a raíz del anuncio expresado en Génesis 3, 15 al establecer Dios "enemistad entre ti [la serpiente] y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar". En la versión que realizó san Jerónimo de la Biblia, conocida como Vulgata , hizo una interpretación mariana de este versículo al incorporar en su traducción latina la expresión "ipsa conteret", lo que se ha extendido en la tradición católica y ortodoxa, teniendo gran proyección en la iconografía religiosa que representa frecuentemente a María pisando la cabeza del demonio en forma de serpiente. De este modo justificamos la proliferación de imágenes marianas en las hornacinas de Baeza y que éstas desplazaran a los tradicionales santos protectores de puertas y ciudades tal y como existía en otras poblaciones.
Los altares callejeros poseen por lo general una sencilla tipología al reducirse a pequeñas hornacinas elevadas que aparecen en lugares públicos de la ciudad y que eran abiertos en su mayoría por iniciativa privada. Otras, en cambio, han tenido un mayor desarrollo, pudiéndose calificar de auténticas capillas u oratorios que cobijaban una imagen devocional y que en ocasiones llegó a congregar un número considerable de vecinos que se reunían para darle culto a la imagen que cobijaba.
Las antiguas puertas de la ciudad amurallada contaba cada una con su propia imagen protectora resguardecida dentro de una hornacina. Esta práctica de encomendar la protección de las puertas de la ciudad a espíritus sobrenaturales se encuentra constatada en las antiguas civilizaciones, siendo implorados en momentos de ayuda . De este modo, al ser lugares de paso, los habitantes impetraban su auxilio en sus entradas y salidas de la ciudad o protegían la misma en caso de invasión por ser estos lugares puntos débiles en la muralla defensiva. Además hay que considerar que, al igual que los caminos que conducían a la ciudad, las puertas eran el lugar de entrada de las epidemias y demás males que afectaban a la población, hallándose estos altares con un claro significado de alejamiento del mal de la misma. Pero a pesar de esta función protectora de la ciudad, estas acepciones de María no confirieron personalidad a las puertas ya que ninguna se llegó a denominar por la advocación que en ella existía.
En clara relación con las entradas a la ciudad se encontraba la hornacina de la Virgen del Pópulo que estaba situada en un extremo de las escribanías del cabildo y junto a la puerta de Jaén, dando nombre a la plaza hacia la que se abría. Este altar se encontraba elevado a nivel del primer piso y estaba compuesto por un cuadro resguardado por un pequeño tejado. La mencionada imagen llegó a tener un gran auge entre los baezanos de finales del siglo XVIII, concentrándose en sus inmediaciones numerosos vecinos para el rezo del rosario. El grupo de fieles solía procesionar la imagen, representada en un cuadro de medianas dimensiones, por las calles de la ciudad en las noches de fiesta solemne, para lo que compraron "muchos y decentes faroles". Asimismo los mismos devotos renovaron y agrandaron el altar, por lo que solicitaron del cabildo que le cediese "el uso del primer portal de dichos oficios que hoy no se ocupa, el que servirá para guarecerse del temporal en el próximo invierno y levantar desde él una escalera que desembarcando en el piso del cuarto que sirve de archivo para papeles, se entre desde él al altar". De este modo se podrían celebrar las misas desde el altar de la imagen, tal y como lo pedían los vecinos.
El lugar solicitado poseía una fuerte carga devocional en aquella sociedad ya que, según afirma la tradición, fue en este sitio donde se dijo la primera misa después de la toma de la ciudad por las tropas cristianas. El cabildo, ante esta solicitud accede a que se haga una escalera que comunique el último portal de la escribanía con el balcón. Pero, "para obviar que en lo sucesivo, si esta devoción se adelante [sic] pueda el eclesiástico pretender el manejo del edificio" se concede el uso por seis años. El proyecto se hizo realidad y el balcón que en la actualidad existe se convirtió en la plataforma para las celebraciones eucarísticas que solicitaban . La cláusula que hizo introducir el cabildo surtió su efecto, ya que, posiblemente por el establecimiento en este edificio de un cuartel a principios de los años 80 de esa centuria, terminó con la veneración de la imagen en este lugar, perdiéndose en adelante toda noticia sobre la misma .
Otra de las puertas de la ciudad protegidas por estos altares y de los que tenemos constancia es la Puerta de Úbeda. En ella existía un altar con mayor o menor desarrollo dedicado a la Adoración de los Reyes que ocupaba varios arcos junto a la puerta de entrada a la ciudad. Esta capilla fue fundada y mantenida por la cofradía de los Santos Reyes que tenía su sede en la Catedral. Dicha hermandad estaba formada, a imitación de la de Sevilla, por personas negras y mulatas que eran o tenían su origen en los esclavos que poseían las familias acaudaladas de la ciudad . La veneración de esta advocación tuvo que extenderse a todos los ciudadanos de Baeza en la segunda mitad del siglo XVIII ya que en 1778 el cabildo accedió a la ampliación de esta capilla, poniendo como condición que el cuadro de Nuestra Señora de la Encarnación que existía en ella quedara fuera de la mencionada ermita "para que sirva de adorno a aquella calle que se ha de formar y quede de noche iluminada con la luz que se pone a dicha Sagrada Imagen, con lo cual quedará más adornado el expresado sitio y menos expuesto a ocasiones de ofensas de Dios" . Como puede verse en la cláusula introducida por el Ayuntamiento, el motivo de mantener el cuadro de la Encarnación junto a la puerta, no responde ya a motivos de protección de la puerta frente al mal sino a razones prácticas al tener esta imagen una luz permanentemente encendida. Actualmente la hornacina que se conserva en este lugar contiene un lienzo reciente que representa la Anunciación, existiendo en su parte inferior un edículo con entrada por debajo de la hornacina que pudiera corresponder a la mencionada ampliación de la capilla de los Santos Reyes.
Pero no sólo las puertas externas de la antigua ciudad eran encomendadas a diferentes advocaciones para su protección, sino que también se debe de entender como puertas los diferentes arcos abiertos en antiguas murallas internas de la ciudad y que servían de paso para los ciudadanos. Un caso de éstos lo tenemos en la pequeña hornacina situada en el arco de las Escuelas o del Barbudo junto a la antigua universidad y que contiene un cuadro de pequeñas dimensiones en el que se presenta a una Virgen con el Niño y cuyo nombre se ha perdido de la memoria de los lugareños. Bajo la hornacina, que aún recibe flores y velas de los vecinos, hay una lápida marmórea en la que se encuentra esculpida la siguiente inscripción:



Si quieres que tu tristeza
se convierta en alegría
no te pases pecador sin saludar a María.
Venid a mi todos los que os veis atri-
bulados y yo os aliviaré.
El Ilmo. Sr. Fr. Benito Marín
del Consejo de S.M. Obispo de
Jaén ha concedido 40 días de In-
dulgencia a quien rezare una Ave-
María o una Salve delante de
esta Santa Imagen. Año de 17[...]

Esta práctica de colocar imágenes en los arcos internos de la antigua ciudad tuvo que estar bastante extendida durante el Antiguo Régimen. Aunque lamentablemente tan sólo conservamos el descrito anteriormente, también tenemos noticias de otro caso cuando el alférez mayor de la ciudad, Pedro Francisco de Acuña, puso en conocimiento del cabildo el 25 de octubre de 1694 que "la muralla y arco donde está colocada la imagen de Nuestra Señora que alinda con las casas principales de su morada" hay una abertura que amenaza ruina. Este caballero vivía en la colación de la parroquia de San Miguel, el barrio más antiguo de la ciudad y que por aquel entonces se encontraba en plena decadencia y abandono. El maestro de obras del Ayuntamiento aconsejó desmontar parte de la muralla para evitarle peso al arco ya que "por dicho arco es por donde se comercian los barrios altos de esta ciudad y de lo primitivo de ella, así a pie como a caballo y en coches y se puede ocasionar daño".
Con la expansión de la ciudad y para preservarla de los contagios que se ocasionaban, se hizo necesaria la construcción de una nueva muralla en época moderna que abarcase los arrabales. El nuevo cinturón no tenía fines defensivos sino fiscales y sanitarios, por lo que su construcción fue de escasa solidez, lo que facilitó su desaparición a principios del siglo XIX sin que se conserve ningún vestigio. Es posible que en relación a estas nuevas entradas a la ciudad haya que situar la moderna hornacina que en la actualidad existe en el encuentro de las calles Santo Domingo y Reinosos. Esta se encuentra en un edificio de construcción reciente aunque fue heredada de la que existía en el antiguo edificio que sustituyó. Dicha hornacina, que podría tener relación con la puerta de Santo Domingo que existía en sus proximidades, estuvo vacía durante mucho tiempo, colocándose en ella tras la construcción del actual edificio que la alberga, un Sagrado Corazón. El tratarse de esta advocación de Cristo nos lleva a afirmar que no es la original debido a que la expansión de su culto se remonta al siglo XIX.
Además de las puertas y arcos internos de la ciudad, estos altares callejeros debieron ser muy numerosos dentro del antiguo casco de la ciudad y sus inmediaciones. Sin embargo, las reformas urbanísticas que se sucedieron tras la secularización de la mentalidad hizo que muchos de éstos desaparecieran, perdiéndose en la mayoría de los casos incluso de la memoria de sus vecinos. Dentro del casco histórico todavía se conserva una imagen pétrea en una hornacina situada en una pared de la catedral que domina la plaza de Santa María. Este espacio era de uno de los principales de la Baeza del Antiguo Régimen al concentrarse en él no sólo la catedral sino el cabildo y el seminario, estando en su centro una de las fuentes más concurridas para el abasto de agua. Cercana a este lugar, y por una de las calles que salen de dicha plaza, se encuentra una hornacina en la calle tradicionalmente llamada Pintada Alta en la que recientemente se ha colocado una supuesta imagen de María.
En la cuesta de san Gil se conserva otro altar callejero excavado dentro de un lienzo de la antigua muralla que contiene en la actualidad un moderno cuadro con la imagen de una virgen de procesionar, siendo conocida entre los vecinos como la Virgen de la Salud. Es posible que esta hornacina contuviera una imagen de san Gil, el santo que le da nombre a la calle y a la parroquia que existía en la misma.
A pocos metros de ella tenemos la capilla del Cristo del Cambrón, advocación que daba nombre a la calle, conocida hoy como Conde Romanones, y que contiene un tosco bajorrelieve del Calvario coloreado de forma ingenua por los vecinos. En 1772 los devotos de este Cristo trataron de aumentar la pequeña capilla donde se encontraba la imagen, dirigiéndose Antonio Simón Martínez y Pedro Fernández al cabildo para exponer que en la reducida capilla que tienen, no se puede poner dicha estatua, sudario ni alhajas sin que una mano furtiva las hiciera desaparecer al momento, a lo que se añade que está lindando con un trozo de la muralla que amenaza ruina, por lo que solicitan del cabildo ampliar la capilla hasta una superficie cuadrada de 5 varas de lado a expensas del corral que tiene la Ciudad detrás de la capilla. Por la cesión, los firmantes se comprometían a arreglar la muralla que linda con la capilla y sepultar en el corral la cañería que por allí pasa, obra que costaría unos 150 reales y que es el valor que calculan para las veinticinco varas cuadradas que tomarían . Aunque no conocemos la respuesta, pensamos que no se llegó a ningún entendimiento ya que el altar citado continúa teniendo unas dimensiones reducidas.
En el antiguo edificio de la Alhóndiga tenemos constancia de la existencia de una imagen de san Juan Nepomuceno, siendo el lugar en donde autorizó el cabildo que se pusieran los panaderos para la venta de pan en 1805 al encontrarse en ruina los soportales que los cobijaban . Es difícil saber el porqué estaba expuesta la estatua de este santo en un establecimiento público, como era la Alhóndiga, al no poseer ninguna relación con el comercio ni los viandantes ya que es patrón del sigilo sacramental. Posiblemente su devoción fuera trasladada por los padres de la Compañía de Jesús al ser el segundo patrón de la institución. Sea como fuere, la llegada de esta devoción a Baeza debe datarse en el siglo XVIII, ya que fue declarado beato por Inocencio XIII el 25 de junio de 1721 por el procedimiento de culto inmemorial al morir a finales del siglo XIV y canonizado el 18 de julio del siguiente año, recibiendo ya algunos baezanos su nombre a mediados de ese mismo siglo.
También tenemos noticias de la existencia en el pórtico de este mismo edificio de un lienzo de Nuestra Señora, sin que podamos concretar su advocación, que fue restaurado en 1679 por la "Hermandad de Mozos que se juntan a la celebración de una Salve que todos los años se dice en la Alhóndiga y retablo que hay en ella" . De nuevo fue restaurado en 1729 por el mal estado en el que se encontraba "con las humedades de este invierno" por Pedro Gallo .
En las inmediaciones de la antigua ciudad existe en la actualidad una hornacina vacía en la calle Barreras que contuvo en su día una imagen del Buen Suceso y del que aún puede verse pintado el Espíritu Santo en forma de paloma en su parte superior. Bajo la hornacina existe una tarja en la que se puede leer:


El Ilustrísimo señor
don fray Benito Marín, obispo de Jaén,
concedió 40 días de
indulgencia
a las personas que rezasen una salve
a Nuestra Señora del Buen Suceso

Otro caso lo encontramos en la calle Imagen, nombre que recibe una céntrica calle por donde tiene su entrada el convento de la Encarnación, en cuya cabecera se encuentra una imagen que representa a la Virgen del Carmen. Esta hornacina fue restaurada en el siglo XVIII, conservando todavía a sus pies una mutilada lápida que posee restos de una antigua policromía y en la que tan sólo se pueden leer algunas sílabas sueltas y el año de su colocación: 1797.
El convento de la Encarnación posee el acceso a su iglesia por la calle san Francisco. Cerca de ella, existió hasta mediados de los años 80 una hornacina que contenía un cuadro con la visión milagrosa de la cruz en la batalla de las Navas de Tolosa. La hornacina se encontraba cerrada mediante dos puertas de madera de grandes dimensiones que impedían ver el interior. Hay testimonios, tanto directos como indirectos, que afirman que durante el siglo XX nunca se habían abierto las mencionadas puertas, perdiéndose la devoción e incluso la memoria de lo que contenían. Entre la población se especulaba que fuera un cuadro de los Santos Reyes ya que se mantenía que la mencionada hornacina se abría hasta el siglo XIX en la festividad de la Epifanía. Cuando los actuales dueños de la casa decidieron quitar las citadas puertas por el mal aspecto que daba a la casa, descubrieron en su interior un cuadro de medianas dimensiones cuya pátina impedía ver lo representado. Ante este inesperado descubrimiento, el cuadro fue cedido al Ayuntamiento quien lo restauró, estando actualmente expuesto en su salón de plenos.
Un grupo de hornacinas se localiza en el barrio conocido tradicionalmente como la Isla. El barrio compuesto antiguamente por un grupo de calles paralelas al otro lado del ejido de la ciudad, naciendo al amparo del establecimiento en aquella zona de los conventos de San Antonio y la Trinidad calzada en el siglo XVI . En los inicios de estas vías se encontraban sendas hornacinas con las imágenes que daban nombre a las calles. De este modo nos encontramos con las calles Cristo del Valle, Niño Jesús, San Cristóbal y Santa Ana. Hoy día subsisten las hornacinas correspondientes al Cristo del Valle y la del Niño Jesús (en una hornacina de construcción reciente y con una escultura de escayola de fabricación en serie), existiendo aún el recuerdo entre las personas mayores de la que existió al inicio de la calle de San Cristóbal, por lo que es fácil suponer que en la calle de Santa Ana existiera otro altar cuyo recuerdo se ha perdido con el tiempo. Este grupo de hornacinas colocadas en la cabecera de la calle, se completaba con el monumento dedicado al Triunfo de Nuestra Señora de la Concepción que fue levantado en 1666 frente al convento de la Trinidad Calzada .
Es posible que la distinción de las calles por la advocación que flanqueara su cabecera diera origen a disputas y rivalidades con los vecinos de otras calles cercanas. De este modo tendría sentido la lápida que existe a los pies de la hornacina del Niños Jesús en su calle homónima y que dice lo siguiente:



Ninguna calle en Baeza
Pueda tener maior luz
Aunque ponga insigne cruz
que tengo io por cabeza
mi amado Niño Jesús
Año 1612 .

También en el Ejido se conserva aún la hornacina de san José que presidía las eras que existían en este lugar y cuya ubicación fue renovada con la construcción de un edificio de nueva planta y puesta en ella una tosca escultura del santo.
No quiero dejar pasar la ocasión para hacer una breve referencia a la denominada capilla de la Virgen de los Desamparados que existía en el centro de la ciudad, entre la iglesia del hospital de la Concepción y el convento de San Francisco, siendo su advocación una señal inequívoca de la protección que la imagen realizaba a la población. Entre esta capilla y el hospital existía hasta mediados del siglo XVIII un espacio intermedio de aproximadamente diez varas de línea que fue solicitado en 1752 por Juan de Céspedes, como mayordomo del hospital, alegando que "la poca fe de los fieles había hecho sitio de las inmundicias que en sus casas no permitían" , por lo que solicitaba anexionarse este espacio levantando para ello una pared. Con la llegada del siglo XIX la devoción a esta imagen, al igual que a la mayoría que existía en el casco urbano, fue decayendo, por lo que Eufrasio de Gómez, administrador del hospital de la Concepción, solicitó en 1820 la mencionada ermita "por estar arruinándose" y ser contigua al establecimiento sanitario. Estudiada la solicitud, el guardián del convento de San Francisco se opuso a la cesión argumentando que su convento la estaba reedificando, hallándose en su poder "los libros y papeles pertenecientes a la consabida ermita que tiene en su favor varios censos y de consiguiente es de su pertenencia" .
Ante las razones aducidas, los deseos del hospital de quedarse con esta capilla tuvieron que postergarse hasta la exclaustración de Mendizábal cuando la Junta de Enajenación mandó en 1840 "devolver al hospital la ermita de los Desamparados, corrales y salidas que le pertenecen" . El interés del hospital no era el mantenimiento del culto de una advocación que había decaído dentro de la sociedad secularizada en la que se vivía, sino el ponerla a la venta. De este modo, en el mes de febrero del siguiente año, se aprobaba el expediente de venta de esta ermita, desapareciendo su presencia del entramado urbano.


OTRAS FORMAS DE EXORCIZACIÓN DEL MAL


Todas estas manifestaciones religiosas fueron perdiendo su función sacralizadora del espacio público con el cambio de mentalidad que se experimentó en la sociedad, por lo que al cesar los motivos por los que proliferaron y se mantuvieron, fueron desapareciendo paulatinamente del trazado urbano. Especial fue el caso de las imágenes situadas en las calles existentes del hoy denominado cerro del Alcázar. En este lugar existía una escultura pétrea de María sobre una columna del mismo material que estaba situada "en el medio círculo antes de llegar al Alcázar" y que "por ser ultraje de los muchachos" solicitó Andrés Manuel de Castro apropiársela a finales del siglo XVIII para "colocarla en dichas sus casas con la debida veneración y decencia". Es interesante observar que cuando se realiza esta solicitud el entramado urbano de este lugar había prácticamente desaparecido. Sin embargo, a pesar del desierto que rodeaba la imagen, el cabildo se aferra y piensa que es importante no desacralizar aquella zona y manda que "para conservar la memoria de la Señora se mantenga en el mismo sitio, reedificando el cimiento de la columna donde está colocada" .
Ante el concepto existente de la ciudad como espacio sacro, las autoridades y vecinos de la misma no podían permitir que en sus calles se cometieran actos deshonestos que atentaran contra la moral religiosa y que, en consecuencia, eran opuestos a la voluntad divina. Con este pretexto se fue modificando el complicado entramado heredado de época musulmana, lo que fue aprovechado por algunos de sus vecinos para ampliar el espacio de sus moradas a costa del espacio público que ofreciera resguardo a estos "actos impuros". Todavía en el siglo XVIII se suceden las apropiaciones de lugares públicos, aduciéndose sistemáticamente en las solicitudes presentadas las ofensas a Dios que en estos lugares se perpetraban y que en numerosos casos era razón suficiente para que el cabildo concediera el permiso solicitado para la apropiación .
Este afán del hombre del Antiguo Régimen de extender la sacralización hasta la totalidad del casco urbano era en definitiva un deseo de vivir de forma continua en un ámbito sagrado que lo defendiera de las fuerzas del mal. Pero este espacio común no garantizaba de forma personal la inmunidad ante las numerosas desgracias colectivas que se cernían sobre aquella decadente sociedad. De este modo a los numerosos monumentos religiosos diseminados por la ciudad se unían otros directamente relacionados con las viviendas de los vecinos. Efectivamente, son numerosas las viviendas baezanas que conservan esculpidos en su dintel signos religiosos. En la mayoría de los casos se trata de una cruz sobre un pequeño montículo a modo de Gólgota esculpida en bajorrelieve y que se situaba en el centro del dintel de acceso a la vivienda. En otras ocasiones, lo expuesto son dos tondos en bajorrelieve que se sitúan a ambos lados del dintel en los que la cruz es sustituida por el anagrama de los nombres de María y de Jesús (por lo que pensamos que son posteriores a los primeros).
Esta práctica, bastante extendida en las portadas de piedra, se encuentra atestiguada en las civilizaciones más antiguas, siendo transmitida al pueblo judío, del que pasó a la tradición cristiana. En sus raíces bíblicas hebreas nos lleva directamente al mandato dado por Dios a Moisés y Aarón en preparación de la primera pascua judía. Según las instrucciones divinas, en cada una de las casas de los israelitas debían sacrificar un cordero. Con su sangre untarían las jambas y dinteles de las casas del pueblo elegido de modo que cuando esa noche pasase el ángel exterminador libraría de la muerte a los primogénitos del pueblo elegido: "La sangre será vuestra señal en las casas donde moráis. Cuando yo vea la sangre pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora cuando yo hiera el país de Egipto" (Ex. 12, 13). En la sociedad judeo-cristiana, la sangre del cordero judío que menciona el Éxodo fue sustituida por la cruz de Cristo que se convierte en el nuevo cordero pascual, vertiendo su sangre en el Gólgota para la salvación del Hombre. De este modo el relieve de la cruz sobre el dintel de entrada en las casas adquiere un signo inequívoco de exorcización de los posibles males que vagaban por las calles de la ciudad, según las instrucciones dadas por Dios a Moisés, para alejar los contagios y con ellos la muerte que diezmaba en ocasiones la población.
Para finalizar este trabajo quiero hacer una breve alusión a otros usos que se hacían de la imagen religiosa en la Baeza del Antiguo Régimen para proteger la ciudad y sus habitantes de los males colectivos que los aquejaban. Me refiero en primer lugar a la encomendación que se hacía de la ciudad a santos patrones o protectores de la misma y que, frente a la actual costumbre de concentrar la devoción en una acepción de María y un santo o advocación de Cristo, formaban una pléyade de protectores a los que se encomendaba la defensa de la población de los males comunes que la pudieran incomodar. Algunos de estos santos patrones tenían una acrisolada fama milagrera por lo que estaban muy extendidos por otras muchas ciudades (san Marcos protector de la langosta; san Sebastián para las epidemias de peste; san Pancracio para combatir las adversidades climáticas; san Blas contra las epidemias de difteria, etc.) Otros respondían a devociones más concretas como santa Quiteria, para el mal de la rabia, que poseía ermita en el Ejido. Por último existían santos o vírgenes protectoras específicas de Baeza como era san Andrés, la Virgen de la Peña o la Virgen del Alcázar .
La apelación del hombre del Antiguo Régimen a lo sagrado para defenderse del mal y de lo desconocido, se pone de manifiesto ante las desgracias naturales. Todo aquello que escapaba al entendimiento del hombre producía temor, refugiándose en lo sagrado como defensa de lo imprevisible. En estos casos se recurría a las fiestas, traslados y rogativas de una imagen determinada que capitalizaba la devoción de sus gentes. En Baeza esta imagen era el Cristo de la Yedra. Su legendario origen y sus milagros hizo indispensable su presencia en la ciudad para atajar los males que se cernían sobre ella y que no eran subsanados por otros protectores, acudiéndose a él incluso para prevenirlos. De este modo, si en un principio se estipuló el traslado desde su santuario a la catedral para prevenir los temporales, su amparo se extendió a todas las calamidades, siendo llevado a Baeza para implorar la lluvia o para que cesase ésta, contra la langosta o frente algún contagio, llegándose hacer sistemática su traída anual con el fin de garantizar el éxito agrícola. Igualmente su presencia se hizo necesaria a aquella población en 1694, cuando se suspendió el regreso a su santuario "a causa de los efectos y malos sucesos y fatalidades que se experimentan y se deben discurrir de los eclipses de sol y luna.